Historia
agosto 12, 2026

La sentencia de muerte contra Assad pone a prueba la búsqueda de justicia de Siria y sus lazos con Rusia

La sentencia de muerte in absentia dictada por un tribunal sirio contra Bashar al-Assad y dos aliados se presenta como justicia transicional, pero el fallo también deja al descubierto los límites de su aplicación y los riesgos de profundizar las tensiones sectarias.

Una sentencia de muerte contra Bashar al-Assad pretende marcar una ruptura decisiva con el pasado de Siria, pero puede resultar más fácil dictarla en los tribunales que hacerla cumplir en Moscú o traducirla en una reconciliación nacional.

El tribunal sirio condenó a muerte a Assad, a su hermano Maher y a su primo Atef Najib por asesinatos, torturas y otros abusos cometidos durante los 14 años de guerra civil. La versión liberal presenta el veredicto como un intento de establecer responsabilidades tras un conflicto que dejó aproximadamente medio millón de muertos, describiendo el aparato de seguridad de Assad como si hubiera operado con “total libertad para detener, torturar y matar civiles a escala industrial”.

Esa interpretación sitúa el fallo dentro de un esfuerzo más amplio de justicia transicional. El papel de Najib en la tortura de 15 niños que escribieron grafitis contra Assad se trata como un vínculo simbólico con el levantamiento de 2011, mientras que la naturaleza pública de su juicio se presenta como prueba de que las nuevas autoridades quieren que la justicia sea visible además de punitiva. Sin embargo, la misma versión subraya que la Siria posterior a Assad sigue siendo inestable: la violencia sectaria y de represalia ha matado a miles de personas, incluidos muchos civiles alauitas, la comunidad minoritaria asociada con Assad.

La versión conservadora destaca una consecuencia diferente. En lugar de centrarse principalmente en el significado moral del veredicto, presenta la sentencia como una prueba directa de la relación del nuevo gobierno de Damasco con Rusia, adonde Assad huyó con su familia. Moscú ha tratado de estrechar lazos con la administración del presidente Ahmed al-Sharaa, pero la extradición de su antiguo aliado tendría evidentes costos estratégicos y políticos. El fallo corre por tanto el riesgo de convertir una medida de rendición de cuentas interna en una disputa de negociación internacional: “la sentencia de muerte de Assad tensa” la renovada relación entre Rusia y Siria.

Ambas perspectivas coinciden en que el legado de Assad sigue siendo central para la legitimidad del nuevo gobierno. Divergen sobre lo que la sentencia representa con mayor claridad: un ajuste de cuentas largamente esperado con la violencia estatal o un instrumento político cuyo impacto práctico depende de Rusia y del todavía frágil equilibrio interno de Siria. Hasta que Assad sea entregado, el fallo sigue siendo en gran medida simbólico y su promesa de sanación sigue siendo incierta.