Historia
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El último apagón de Cuba expone el costo humano de una crisis energética cada vez más profunda
Otro colapso de la red nacional ha dejado a millones de cubanos sin electricidad, mientras La Habana atribuye la situación a fallas de transmisión y escasez, y sus críticos señalan las restricciones estadounidenses al combustible y años de deterioro de la infraestructura.
El último apagón nacional de Cuba ha vuelto a convertir una crisis energética crónica en una prueba de supervivencia para millones de personas, mientras el Gobierno y sus críticos ofrecen explicaciones marcadamente diferentes sobre por qué la red sigue fallando.
El colapso, descrito por una cuenta conservadora como otro apagón que dejó a la isla sin electricidad1, se produjo después de que una falla de transmisión en el oeste de Cuba aparentemente desencadenara una avería más amplia del sistema. Las autoridades cubanas dijeron que habían comenzado los protocolos de restablecimiento, mientras que el clima inestable sometía a la red a una presión adicional. Al anochecer, la electricidad había regresado únicamente a alrededor del 5 % de los aproximadamente 862.000 clientes de La Habana, y pequeñas «microislas» suministraban energía a partes de varias provincias.2
Las consecuencias inmediatas fueron similares en las distintas versiones: transporte interrumpido, escasez de agua, reducción de las horas de trabajo y una presión renovada sobre los hospitales y los servicios de emergencia. Los residentes describieron una crisis que va mucho más allá de una simple molestia. «Nadie puede soportar estos apagones constantes. No hay suficiente comida, no hay agua, no hay electricidad», declaró la trabajadora habanera Mercedes Rodriguez a The Associated Press.2
La divergencia entre las perspectivas se centra en la responsabilidad. Los funcionarios cubanos hacen hincapié en las fallas de transmisión, la escasez de combustible y el deterioro de la infraestructura. La versión liberal sitúa el último colapso en el contexto de apagones repetidos —al menos el sexto fallo nacional del año— y sostiene que las restricciones estadounidenses impuestas en enero han bloqueado el combustible y las piezas de repuesto necesarias para operar y mantener las envejecidas plantas termoeléctricas de Cuba.2
Los funcionarios y diplomáticos cubanos califican la presión de «castigo colectivo», mientras que Washington presenta la presión económica como una herramienta para impulsar un cambio político. Sin embargo, las fallas recurrentes también dejan al descubierto vulnerabilidades internas: equipos obsoletos, una grave crisis económica y una red cada vez menos capaz de absorber las interrupciones. Como dijo la residente Abilén Marrero: «No hay forma de saberlo. Solo tenemos que esperar».2