Historia
septiembre 20, 2026

El acuerdo sobre Groenlandia afirma resolver una disputa de soberanía que dista mucho de haber terminado

El nuevo pacto ártico amplía el acceso militar de EE. UU. a Groenlandia, al tiempo que preserva sobre el papel la soberanía danesa y groenlandesa. Trump lo califica de victoria histórica, pero los limitados detalles públicos dejan dudas sobre cuánto control ha asegurado realmente Washington.

El acuerdo sobre Groenlandia no resuelve ni la disputa política central ni la incertidumbre que rodea el futuro de la isla. Amplía el acceso militar de EE. UU. y permite que Washington, Copenhague y Nuuk presenten el acuerdo como una asociación de defensa en lugar de una transferencia de soberanía.

La administración Trump presenta el pacto como una victoria estratégica decisiva. Afirma que Estados Unidos obtiene acceso permanente, derechos de establecimiento de bases y de sobrevuelo, puede construir instalaciones adicionales sin la aprobación formal de Dinamarca o Groenlandia, y puede impedir que adversarios realicen actividades militares o comerciales sensibles en la isla. El secretario de Estado Marco Rubio lo calificó de “gran victoria” que asegura los intereses estadounidenses en el Ártico “a costo cero para el contribuyente estadounidense”. Rubio repitió ese mensaje en X, afirmando que el acuerdo garantizaría permanentemente los intereses de seguridad de EE. UU.

Ese relato contrasta fuertemente con las descripciones más cautelosas de Dinamarca y Groenlandia. Sus líderes no han confirmado las afirmaciones estadounidenses más amplias, y el acuerdo aún requiere procedimientos parlamentarios antes de entrar en vigor. Funcionarios daneses subrayaron que reconoce la integridad territorial del reino y el derecho de los groenlandeses a la autodeterminación, mientras que el Gobierno de Groenlandia afirmó que el acuerdo sirve a sus intereses y fortalece la seguridad regional.

La cobertura de tendencia liberal ha destacado la brecha entre la retórica de Trump y la aparente realidad jurídica. El pacto no llega a su exigencia anterior de que Estados Unidos adquiriera Groenlandia, una idea rechazada reiteradamente tanto por Dinamarca como por Groenlandia. Su texto oficial no estaba disponible de inmediato, lo que deja la expresión “control permanente sobre la seguridad” abierta a interpretaciones contrapuestas.

El punto de coincidencia es estratégico: todas las partes citan la creciente competencia en el Ártico y la seguridad de la OTAN. La cuestión no resuelta es política. Washington ve ampliadas sus prerrogativas militares; Copenhague y Nuuk insisten en que la soberanía permanece intacta. Hasta que el texto sea público y aprobado, el acuerdo parece menos un arreglo definitivo que una tregua cuidadosamente gestionada.

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